El jueves pasado estuve en el concierto íntimo de Christina Rosenvinge, Refree y Aurora Boat Beam en la sala experimental del Teatro Zorrilla. La sala es pequeña, apenas 100 butacas y no más de 7 u 8 metros desde el lugar más lejano a los artistas.
La diosa elegante, esbelta, eterna, apareció enfundada en unos pantalones oscuros moteados de rojo sangrante que no hacían nada más que realzar su figura de rockera delicada, contrapunto de la bella palidez valquiria y de la larga melena -más rubia que nunca, casi albina- que cubría su cara de porcelana rematada por esos prietos labios pasionales por los que iban a surgir una a una las historias de amor y desamor con las que nos ha deleitado los últimos 25 años.
Con un planteamiento mínimo en lo instrumental fueron sonando canciones de toda su carrera, la complicidad con Raül Refree fue patente durante todo el concierto y sus los arreglos navegaron entre la nana más tierna que os podáis imaginar hasta el cabaret más dramático al que nunca asistí, consiguiendo que mi embelesamiento durase la hora y media que estuvieron delante de nosotros.
Apenas parpadeé, ni me removí en mi asiento, hasta que con la mandíbula desencajada del asombro y el vello erizado de la emoción encabecé a base de aplausos y pataleos el segundo y último bis de la noche, una noche en la que nos enamoramos de una dama por la que mataría.
"1000 pedazos"
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada